Tema 11 La Iglesia y la Política

 Tema 11 

La Iglesia y la Política 

1. La Iglesia no desea el poder político ni apoyar en él su acción pastoral y, por consiguiente, no entra en el juego de los partidos políticos. Más aún, deseamos que la Iglesia en cuanto tal, en conformidad con la doctrina conciliar, y teniendo en cuenta nuestra experiencia histórica, se mantenga en una actitud de independencia respecto a los distintos partidos políticos.

2. Los cristianos tienen obligación de participar en la política.

3. Nadie debe pretender que su posición sea la única válida según el Evangelio.

4. Los cristianos deberán excluir todo apoyo a aquellos partidos o programas que sean incompatibles con la fe, como, por ejemplo, los que pretenden construir un modelo de sociedad determinada en la que se suprimen los derechos fundamentales y las libertades del hombre, o en la que el lucro sea el motor esencial del progreso económico, la concurrencia de ley suprema de la economía y la propiedad privada de los medios de producción un derecho absoluto. Igualmente, no deberán colaborar con los que empleen la violencia, el odio y la mentira para conseguir sus fines.

5. Consideramos que tanto los obispos como los sacerdotes y los religiosos no deben asumir funciones de militancia activa y de liderazgo en los partidos políticos.

6. La Iglesia, en la medida de sus posibilidades, y utilizando siempre medios conformes con el Evangelio y de acuerdo con su misión temporal, no puede menos que:

- Defender los derechos humanos de todos los ciudadanos.

- Apoyar a los más pobres, débiles y marginados.

- Promover integralmente el desarrollo de la persona humana.

- Ser conciencia crítica de la sociedad y de los propios partidos políticos.

- Formar la conciencia cristiana de los creyentes sobre la política.

- Trabajar por la causa de la paz y de la justicia.

- Relativizar las ideologías.

Iglesia y poder político

Hagamos, en primer lugar, algunas consideraciones generales con respecto a la idea clave de que «la Iglesia no desea el poder político». Si esto es así, ¿cuál es entonces la misión de la Iglesia en la vida política?

La respuesta inicial parece clara. La Iglesia tiene que aplicar en términos estrictos el mensaje del Concilio Vaticano II, que dice textualmente lo siguiente: «Cristo no dio a su Iglesia una misión propia en el orden político, económico o social. La Iglesia no se liga en virtud de su misión y su naturaleza a ninguna forma particular de cultura humana, a ningún sistema económico, político o social. » Ello no le impide a la Iglesia, como sigue diciendo el Concilio, «dar su juicio moral incluso sobre materias referentes al orden político, cuando lo exijan los derechos fundamentales de la persona y utilizando todos y sólo aquellos medios que sean conformes al Evangelio».

De ambos principios y declaraciones tiene que quedar claro que la Iglesia -acostumbrada históricamente a ejercer todo tipo de poderes sobre la comunidad humana- debe renunciar definitivamente a convertirse en un partido político «sui generis» y conceder al hombre una absoluta autonomía moral para regir el orden temporal. Esa autonomía moral no es otra cosa que el reconocimiento de una libertad que en el orden religioso equivale exactamente al concepto de responsabilidad. No somos libres solamente para salvarnos, sino también para condenarnos. No somos libres solamente para acertar, sino también para equivocarnos. Esa es la única libertad admisible, y si la Iglesia Católica cree en la libertad de todos y cada uno de los hombres, no puede operar como hacen los marxistas desplazando los valores de la conciencia individual a un nivel de responsabilidad objetiva. Sobre este tema Joaquín Ruiz-Jiménez ha dicho, en su libró Derecho y vida humana, lo siguiente: «y aunque también la moral al enderezar toda la vida de la persona incide necesariamente en las relaciones de ésta con las cosas circundantes y con las de más personas, siempre atiende en su ordenamiento a la plena santificación del hombre, tomado en sí mismo y no como miembro o parte de una comunidad».

La Iglesia no puede empeñarse en adoctrinar al hombre sobre lo que tiene que hacer y cómo tiene que. hacerlo. Sólo puede recordarles, más que exigirles, que actúen en todos los oficios humanos amando a Dios sobre todas las cosas y a sus prójimos como a sí mismos. El que, a pesar de ello, se equivoquen o fracasen o provoquen consecuencias objetivamente malas, según las técnicas o ideologías del momento, es algo que la Iglesia no puede entrar a valorar o criticar bajo ningún aspecto. Una injusticia objetiva derivada de un acto político o empresarial realizado de buena fe, es en la escala religiosa un acto virtuoso. Como dice Daniel Willey, el fin del mensaje cristiano es la formación de las almas y no la organización de las sociedades. Jesús no vino a salvar el mundo, sino a salvarnos del mundo. No se encuentra una sola palabra en el Nuevo Testamento que, ni de lejos ni de cerca, juzgue o regule las estructuras sociales. Es por eso inútil intentar encontrar una doctrina política o económica cristiana por la simple razón de que no existe y de que no puede existir.

Esto es lo que, en definitiva, ha venido a reconocer el Concilio Vaticano II y lo que la iglesia tendrá que cumplir en la práctica. La labor no va a ser, desde luego, fácil, porque a la Iglesia le va a costar renunciar a la preponderancia y a la influencia que ha ejercido y que ejerce sobre todos los órdenes de la vida. Todo poder tiende a concretarse en alguna forma, y así el poder espiritual se desplaza insensiblemente a un poder temporal. Los partidos políticos, conscientes de esta realidad, están utilizando descaradamente a la Iglesia en beneficio de sus objetivos y programas.

Lo que sucede, en definitiva, es que la religión católica es una religión transcendentalista, que obliga al hombre que quiere observarla a una conducta heroica. La Iglesia no ha hecho otra cosa que dulcificar el mensaje evangélico, porque ha decidido pragmáticamente que el hombre actual no puede absorber esa carga ni esa cruz. Ese ha sido su error. El hombre actual ha descubierto ya, en gran medida, la necedad del materialismo en todas sus formas, y estaría dispuesto a intentar nuevos caminos. Sólo, una Iglesia viva, valiente y optimista podría lograrlo. Pero, ¿tenemos base para confiar en ello?

Theilhard. de Chardin define al burgués del sistema capitalista como aquella persona que en un momento determinado prefiere «tener» a «ser» y al examinar la sociedad marxista y descubrir las obsesiones por aumentar el nivel de vida dice: «Ante un ideal tan "burgués" es natural que sintamos desfallecer nuestro corazón.» Yo espera que ésta no sea la actitud de la Iglesia Católica, porque, en definitiva, de la burguesía del hombre actual es ella quizá la más directamente responsable.



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